¿Es casualidad que el mismo día que la DESGRA y SALTIMBANQUI me manden mensajes de “vueelveee pendeja” fuera el mismo día que estaba releyendo por enésima vez el libro de “De otro planeta” del universo bolloblogueril?Está cayendo un “aiguat”. Desde las enormes puertas correderas de este mi nuevo puesto de trabajo, veo una esquina del centro de Barcelona. Todas parecidas, una Caixa al fondo, coches aparcados en un extremo, motos en otro... y bastante seguido pitidos porque un coche se ha quedado atontado en el semáforo y no se ha dado cuenta que si, que ya está verde, ya puede seguir...
Cuando llueve la ciudad parece un atasco permanente. No sólo para los coches o motos, sino también para los que andamos por la acera o vamos en transporte público. Ves a la gente entrar o salir del metro remojados y bufando. Por la acera la gente lleva armas de destrucción masiva a las que llamamos paraguas.
Con lo que me gusta la lluvia... Ya me lo decía hoy Lucía, la que limpia en la escuela “Ayy como echo de menos los aguaceros que hacían en mi país... te ponías debajo de la lluvia y aquello era...” Y yo recuerdo haberme puesto debajo de la lluvia, disfrutando sobre todo de las tormentas de verano. Recuerdo aquella vez que corrí debajo de una tormenta, en la playa. Nos había sorprendido a todos y la gente se arremolinaba debajo del toldo del chiringo de playa donde se hacía la fiesta.
Aquel verano todas las chicas del grupo se morían por un francés que estaba bastante buenorro aunque un poco Ken (de Barbie&Ken). No me acuerdo de como se llamaba. Pero el caso es que esa noche conocimos a su hermana. Que era rubia pero no se parecía a Barbie. Más bien parecía una de aquellas modelos de tejanos que están sentadas en unos cubos de paja y tienen una espiga de trigo en la boca. No la recuerdo muy bien y creo que he mezclado su cara con otras.
El caso es que, mientras el resto de mis amigas babeaban por el Ken francés, yo bailaba con su hermana y nos reíamos. Me dijo que se iba al día siguiente y que nos podíamos ver en la playa por la mañana para despedirnos. Cuando empezó a caer el tormentón, al principio nos pusimos como el resto debajo del toldo. Pero luego, sin decir nada, nos miramos, nos cogimos de la mano y nos fuimos corriendo y chillando como unas locas. Ya lejos del chiringo pero aún en la playa, detrás de una pila de hamacas nos paramos. Nos miramos y volvimos a chillar y a reír.
Hace ya casi diez años de eso. Pero aún recuerdo que tenía muchas ganas de abrazarla y de tocarla. Y seguramente también de besarla en los labios pero no creo que este pensamiento cruzara tan claro mi cabeza.
Por aquel entonces yo no era consciente de que me gustaban las chicas. Pero creo que allí se me empezó a despertar la consciencia.
Quizá es porque está lloviendo, o porque muchos estudiantes de aquí son franceses, pero hoy me he acordado de ella. Vivía en la Côte d’Ivoire. Me pregunto que hubiera pasado si la hubiese besado...


